Por Cheche Vidal
En mi libro Competición Limpia, exploro la rica historia de las competiciones deportivas como una de las formas más antiguas y significativas de asociación humana. Reafirmo la tesis de que el origen de estas asociaciones se remonta a la primera edición documentada de los antiguos Juegos Olímpicos. No solo por su vínculo con la versión moderna de las competiciones deportivas olímpicas, sino porque constituyen la primera instancia conocida en la que los seres humanos decidieron competir voluntariamente, y civilmente, bajo reglas comunes, una práctica que, notablemente, contribuyó a que las civilizaciones de entonces disfrutaran de prolongados periodos de paz.
Me resultó fascinante constatar que los primeros Juegos Olímpicos antiguos, registrados en el 775 a.C., ya captaban la atención de toda la civilización griega en aquellos tiempos. Esto sin duda implica que las competiciones deportivas habían estado ocurriendo mucho antes de alcanzar tal prominencia en la sociedad griega de esa época. Su historia también revela que esas competiciones, y otras similares, se organizaron continuamente, año tras año, por más de mil cien años. Estos hechos demuestran la profunda importancia y el impacto duradero que las competiciones deportivas tenían en la cultura griega antigua a lo largo de su historia.
De manera similar, me sorprendió descubrir que los primeros Juegos Olímpicos, celebrados en el año 775 a. C., precedieron al surgimiento de la filosofía por casi 200 años y al de la democracia por cerca de 300. Esta notable secuencia cronológica nos invita a considerar una conexión más profunda entre el auge de las competiciones deportivas organizadas, el florecimiento del pensamiento filosófico y el posterior surgimiento de la democracia en la sociedad griega antigua. No sería descabellado sugerir que los atletas de aquella época desempeñaron un papel más formativo de lo que podríamos imaginar en la configuración de los fundamentos intelectuales y políticos del mundo occidental. Después de todo, Platón, uno de los pilares de la filosofía occidental, también fue un atleta que compitió en los juegos de su tiempo
Fue maravilloso revelar también que, en aquellos días de la civilización griega, tanto la organización de las competiciones deportivas y las actuaciones de los atletas se dedicaban a dioses y deidades, reflejando las aspiraciones divinas y las creencias de las sociedades antiguas. Sin embargo, a medida que las sociedades evolucionaron y la filosofía avanzó, se produjo un cambio significativo, que cambió el enfoque de las actuaciones de los atletas, la evaluación y la organización de los juegos, de la dedicación divina a la celebración de la excelencia ética y civil de los humanos.
Este cambio histórico en el propósito de las competiciones deportivas subrayó la importancia de la conducta civil, la productividad, la colaboración y la cooperación dentro de la comunidad, al tiempo que enfatizaba la conducta ética como base tanto para el éxito individual como colectivo.
La integración de estos valores sociales en las competiciones deportivas desempeñó un papel fundamental en el surgimiento de lo que hoy conocemos como Juego Limpio, así como en la formulación de los principios de la Competición Limpia, que por primera vez desarrollo en detalle en mi libro. Estos valores y principios inspiran tanto a atletas como a organizadores a priorizar el honor, el respeto y la excelencia en sus esfuerzos competitivos, encarnando así la tercera dimensión esencial en la búsqueda de la excelencia: la ética. Una dimensión que las competiciones deportivas asumen como su misión central.
La dimensión ética de las competiciones deportivas se vuelve aún más crítica al reconocer que ni los atletas ni los organizadores pueden lograr actuaciones perfectas, independientemente de su dedicación y entrenamiento riguroso. Es a través de su persistente búsqueda de la excelencia, guiada por los principios éticos del Juego Limpio o la Competición Limpia, que muestran su verdadero potencial e inspiran a otros a alcanzar la grandeza. Al entender que la imperfección es una parte inherente tanto del deporte como de la vida, podemos apreciar la belleza y la justicia intrínsecas de la competición, mientras enfatizamos la importancia ética de hacer nuestro mejor esfuerzo continuamente en la búsqueda de la excelencia personal y colectiva, tanto en el deporte como en la sociedad.
Estas realidades arrojan además luz sobre el surgimiento y la importancia de los organismos rectores independientes que supervisan las competiciones deportivas modernas. La continua interacción entre los esfuerzos competitivos de los participantes y la imperfección organizativa de las competiciones deportivas ha demostrado la necesidad de una gestión independiente y efectiva. Esta supervisión imparcial es fundamental para preservar la integridad de estos eventos como sistemas que luchan por la excelencia.
Los organismos rectores —como el COI, la FIFA, FINA, World Athletics, entre otros— desempeñan un papel esencial al garantizar que los propósitos fundamentales y las competencias de la competición se preserven a lo largo del tiempo, adaptándose con cada esfuerzo sin ser vulnerados por los propios participantes. Al enfocarse en la equidad y en la promoción del desarrollo personal para todas las partes involucradas, una gestión independiente cultiva un entorno donde todos pueden aspirar a la excelencia —tanto individual como colectiva—, al tiempo que asegura el progreso constante, la imparcialidad y la integridad del sistema competitivo que sirve de marco a la experiencia deportiva.
La independencia de las estructuras de gobernanza, sostenida bajo las barreras éticas del Juego Limpio y la Competición Limpia, representa uno de los mayores desafíos, y al mismo tiempo, una de las oportunidades más valiosas, que nos ofrece la competición deportiva en su era moderna. Promover modelos de gobernanza verdaderamente independientes, comprometidos con estos principios, no solo garantiza la imparcialidad, la integridad y el desarrollo sostenido de las competiciones, sino que también protege los valores y libertades que permiten que la competición contribuya auténticamente al crecimiento personal y colectivo. Apostar por esta visión es, en última instancia, contribuir a la construcción de un mundo donde la búsqueda de la excelencia humana pueda seguir inspirando, transformando y uniendo.
En los tiempos que vivimos, es esencial que los organismos rectores del deporte mundial promuevan activamente los valores del Juego Limpio y la Competición Limpia, y redirijan su atención hacia su verdadero ecosistema participante, si se quiere garantizar la sostenibilidad futura de la industria deportiva. Nunca en la historia del deporte competitivo el segmento de desarrollo había sido tan amplio: hoy representa más del 98 % del total de participantes y genera cerca del 80 % de la economía del sector.
Sin una búsqueda genuina de la excelencia ética, y sin un enfoque centrado en el participante, el deporte pierde su propósito —y con él, su industria. Para evitarlo, resulta indispensable que estos organismos impulsen programas destinados a comprender, proteger y fortalecer a quienes realmente sostienen la competición: atletas, entrenadores, árbitros, organizaciones y comunidades.
Quizás presionados por la necesidad de generar ingresos que mantengan sus estructuras, estos entes parecen haber desplazado su atención, con creciente intensidad, hacia los fanáticos y consumidores del espectáculo. Esta desproporción tiene consecuencias profundas. Al priorizar al espectador por encima del competidor, el deporte corre el riesgo de vaciarse de propósito, convirtiéndose en un producto donde la forma eclipsa el fondo y el rendimiento se mide más por la popularidad que por el mérito.
Si aspiramos a preservar el valor transformador del deporte y garantizar su contribución al desarrollo humano, es imperativo reequilibrar el sistema. La industria debe reenfocar su mirada hacia quienes hacen posible la competición desde dentro, devolviendo centralidad a los principios éticos, orientando sus esfuerzos económicos a enriquecer el ecosistema participante y premiando el esfuerzo honesto y el juego justo. La tecnología para hacerlo bien ya existe. Solo así el deporte podrá seguir cumpliendo su misión civilizadora en el siglo XXI.

