Por Cheche Vidal
(Este artículo es el cuarto de la serie especial de Dribbli Ethosport dedicada al Mundial FIFA 2026: un registro analítico sobre las decisiones institucionales y las actuaciones éticas del torneo, elaborado desde mi rol como miembro del Consejo Directivo del CIFP.)
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Como miembro del Consejo Directivo del Comité Internacional para el Juego Limpio (CIFP), me he retado a estudiar, comprender mejor e intentar reconocer el Juego Limpio en las principales competiciones deportivas del mundo, una labor que además he fortalecido con la creación y coordinación del recién creado Círculo Académico de Juego Limpio (FPAC por sus siglas en inglés) del CIFP, un grupo de filósofos del deporte dedicado a profundizar en estos aspectos de la materia. Y como acabamos de vivir otro Mundial de fútbol, me reto también a hacer dicho análisis con este evento mundial, una competición que conozco muy bien: fui Vicepresidente del comité organizador en 1994 y, más tarde, dirigí FIFA.com a lo largo de varios Mundiales más. Es un evento en el que el tema se hace aún más interesante, ya que la FIFA cuenta con su propio sistema de reconocimiento al Juego Limpio (ver anuncio oficial aquí).
Con este artículo, y el análisis que lo acompaña, mi interés es analizar y elevar el significado y el criterio de selección de dicho premio, algo que creo vale la pena abordar desde una mirada independiente y especializada en esa tercera e importante dimensión del deporte moderno, la que intento aportar como miembro del CIFP: una mirada más completa que incorpore, junto al conteo disciplinario, otros factores decisivos, la deportividad y la competitividad virtuosa, que hacen del Juego Limpio algo más amplio que el simple registro o ausencia de sanciones disciplinarias.
Para ello, en el FPAC, el círculo que coordino dentro del CIFP, venimos desarrollando un marco filosófico y analítico propio, concebido no solo para comprender esta tercera dimensión ética del deporte, sino también para medirla con precisión, de un modo que aspire a inspirar a atletas, árbitros, oficiales y aficionados a perseguir lo mejor de sí mismos en ese terreno. Es precisamente ese marco, en su versión adaptada al fútbol, el que aplico en el análisis que acompaña a este artículo.
Bajo esa mirada más amplia, el Mundial 2026 ofrece un caso de estudio revelador. La FIFA entregó su Premio al Juego Limpio a Países Bajos, el equipo con menos tarjetas del torneo. Es una respuesta honesta, pero, vista desde este marco filosófico moderno, algo que se puede mejorar. Y esta es la historia de por qué.
Cuatro partidos, ocho partidos
Países Bajos jugó cuatro partidos y fue eliminado en dieciseisavos de final, en penales, ante Marruecos. España jugó ocho, todos los que se pueden jugar en un Mundial, hasta alzar la copa. Cuatro partidos y ocho no ofrecen las mismas oportunidades de cometer una falta, de perder la paciencia, de recibir una tarjeta. Premiar la disciplina sin mirar cuánto tiempo, y contra qué rivales, tuvo cada equipo para perderla, corre el riesgo de confundir la virtud con la suerte de haber salido pronto del torneo.
De hecho, al medir las tarjetas recibidas en relación con los minutos jugados y los partidos disputados, como se detalla en el análisis que acompaña a este artículo, España sostuvo una eficiencia disciplinaria prácticamente equivalente a la de Países Bajos a lo largo de toda la competición, y no solo durante el tramo, mucho más corto, que los neerlandeses llegaron a disputar.
España terminó el torneo con seis amarillas y ninguna roja, repartidas entre seis jugadores distintos a lo largo de dos meses de competición: Pedri, Baena, Ferran Torres, Cubarsí, Laporte, Cucurella. Ninguno amonestado dos veces. Ninguna expulsión. No hubo una sola tarjeta en la victoria sobre Austria. Y no hubo una sola tarjeta en la final, ciento veinte minutos de la presión más alta que ofrece este deporte.
Más allá de las tarjetas
Pero limitar la mirada a las tarjetas, incluso a las tarjetas bien contadas, sería quedarse corto. El Juego Limpio, en el sentido más completo que aquí defiendo, incluye la deportividad, el trato entre rivales, y la competitividad virtuosa, esa disposición a competir con toda la intensidad posible sin que ello erosione el respeto por el adversario, al deporte en sí o a los aficionados. Y en ese terreno, el Mundial 2026 no fue la excepción de un solo equipo: fue, de principio a fin, un torneo notablemente generoso en gestos de ese tipo.
El ejemplo más elocuente, fuera de la propia final, llegó en el partido por el tercer lugar. Inglaterra y Francia disputaron el encuentro con más goles de todo el torneo, un vibrante 6-4 a favor de los ingleses, sin que el árbitro mostrara una sola tarjeta en los noventa minutos, a pesar de la intensidad del resultado. Al final, jugadores de ambos equipos: Saka, Guehi, Eze y Chalobah por Inglaterra; Upamecano, Lacroix y Mateta por Francia, se reunieron en un círculo de oración conjunto sobre el propio césped, un gesto que recorrió el mundo precisamente por su espontaneidad: nadie lo organizó; simplemente ocurrió, entre rivales que noventa minutos antes competían con todo.
Ese tipo de gesto, competir al máximo y, terminado el partido, reconocer al rival como a un igual, apareció una y otra vez en este Mundial. Fue, en ese sentido, un torneo que rindió un tributo constante a la deportividad, incluso cuando el resultado dolía.
El caso de Noruega
Noruega ofrece, en este sentido, un caso especialmente instructivo. Sostuvo un registro disciplinario incluso más bajo que el de España y el de Países Bajos, tres amarillas en seis partidos, ninguna roja, en un recorrido que la llevó a eliminar a Brasil en octavos de final antes de caer ante Inglaterra en cuartos, en la prórroga.
Ese registro estuvo acompañado de gestos genuinos: minutos después de la eliminación de Brasil, Vinícius Júnior interrumpió en vivo la entrevista televisiva de Erling Haaland para fundirse con él en un abrazo espontáneo; y tras la propia eliminación de Noruega, Haaland y Jude Bellingham, excompañeros en el Borussia Dortmund, se abrazaron con calidez, mientras Bellingham esperaba al portero noruego Ørjan Nyland para caminar juntos fuera del campo. Los aficionados noruegos, por su parte, parecieron seguir ese mismo ejemplo: sumaron creatividad y entretenimiento a su apoyo, como el fenómeno viral del “Viking Row”, y, quizás contagiados por esa cultura, recibieron de vuelta a su selección eliminada con reconocimiento y cariño.
Hay, sin embargo, una diferencia que considero decisiva. España sostuvo su conducta no en cuatro partidos, ni en seis, sino en ocho, los mismos ocho en los que acumuló 22 de los 24 puntos posibles, bajo una presión y una calidad de rival creciente en cada ronda, hasta el partido de mayor exigencia posible: la final misma. Noruega, con todo el mérito de su propio recorrido, no fue sometida a esa prueba máxima. Es esa combinación, más puntos, más presión, el mismo carácter sostenido hasta el último instante, lo que distingue el caso de España.
Lo que distingue a España
Y fue España, precisamente en el partido de mayor presión de todos, la que mejor sostuvo ese espíritu hasta el último minuto. Ese último dato importa porque, en el mismo partido, bajo la misma presión, el rival ofreció el contraste perfecto: la FIFA abrió una investigación disciplinaria, que continúa abierta, sobre las reacciones del equipo contrario tras el pitido final.
Y sin embargo, en medio de esas reacciones, Lamine Yamal, tras rezar tranquilo sobre el césped, se acercó a Lionel Messi, y ambos se fundieron en un abrazo sincero, pese a todo lo que ocurría alrededor, una imagen que muchos leyeron como el relevo simbólico entre dos generaciones. No fue el único gesto de ese tipo: varios jugadores españoles más se acercaron a abrazar a Messi por separado, en lo que la prensa deportiva describió como una muestra de respeto que trascendía el resultado. Y en la ceremonia de premiación, España formó un pasillo y aplaudió a Argentina cuando esta recibía sus medallas de plata. Argentina, en cambio, dio la espalda a los nuevos campeones cuando estos recibían el oro.
Días después, Luis de la Fuente, quien a sus 65 años se convirtió en el entrenador de mayor edad en ganar un Mundial, resumió lo ocurrido con una sencillez que decía más de lo que parecía: “En el pasado la gente se sorprendía de que los futbolistas fueran talentosos y hábiles y buenas personas. Somos el equipo más unido, y eso es gracias a tener personas con solidaridad, con valores”, declaró. Y añadió: “Estoy muy orgulloso de esta generación de futbolistas que ha crecido con esta filosofía, que se ha mantenido fiel a ella, que la ha hecho aún mejor, y que ha dado ejemplo como equipo y como familia”.
No mencionó la areté griega. No necesitaba hacerlo: la estaba describiendo.
La justa medida
Y esa misma visión, la que España ejemplificó a lo largo de toda la competición, es quizás lo más significativo de esta dimensión ética del Mundial 2026. Porque un conteo que no distingue entre el equipo que compitió cuatro veces y el que compitió ocho no mide carácter: mide oportunidad. Y un premio que solo registra tarjetas disciplinarias deja fuera la otra mitad de la historia, y la mitad positiva, no solo el conteo de lo negativo: la deportividad con la que un equipo trata a su rival, y la competitividad virtuosa con la que sostiene su disciplina bajo presión creciente.
Y es justamente por ello que la FIFA, siguiendo el ejemplo de otros entes internacionales del deporte como el Comité Olímpico Internacional, podría beneficiarse de una colaboración con el CIFP, la institución al servicio del Juego Limpio en el deporte mundial, para perfeccionar la medición y la precisión de esa dimensión ética que el Juego Limpio representa para su disciplina deportiva, y, sobre todo, para promoverla con la urgencia que el mundo actual exige.
Esa recomendación se refuerza cuando consideramos que, tal y como desarrollo en mi artículo anterior, titulado “Medir no es juzgar”, la tecnología y los datos miden; no juzgan. Aquí, felizmente, los números, leídos con el rigor que merecen, y el carácter observado en el terreno de juego cuentan la misma historia: España no solo se coronó campeona del mundo acumulando victorias y jugando un fútbol excelso; lo hizo, además, demostrando una dignidad, un carácter y una excelencia que solo los campeones del Juego Limpio pueden conquistar.
Por todo esto, considero que el caso de España en el Mundial 2026 constituye una candidatura sólida al reconocimiento pleno del Juego Limpio, y, sobre todo, a esa dimensión específica de su carácter competitivo que aquí llamamos Competitividad Virtuosa o Areté: no el gesto aislado de un instante, sino el carácter que se sostiene, partido tras partido, hasta el final. España es, a mi juicio, el equipo merecedor del verdadero Premio al Juego Limpio de este Mundial.
Y haber conquistado ese título dentro de la cancha, con el balón como único juez, es lo que convierte a España en una campeona doble: campeona por mérito futbolístico, campeona por carácter. Los dos títulos, al mismo tiempo. Los dos, merecidos.


Muy buen análisis...